domingo, 19 de octubre de 2014

TENER O NO TENER PERO SIEMPRE SER

Angustias regresaba a su casa cuando se percató de una mujer que, sentada en la escalera que daba a un edificio público, formaba un círculo protector con sus míseras pertenencias. Tenía un cuerpo fornido, la tez blanca y el pelo, lacio, caía, sin brillo, tristemente por sus hombros. Junto a ella había otra mujer, de mediana edad que se interesaba por el presente de aquella muchacha y por los vientos que la habían empujado hacia aquellas escalinatas.
Angustias observó cómo ambas se levantaron y caminaron,  suponía, hacía  un futuro mas acogedor. Ella tenía un lugar al que volver, un plato caliente en aquel día de fría ventolera y una caricia tierna en la que enredarse. Sintió que era una persona afortunada al tiempo que constataba la fragilidad de la ventura humana. Era consciente de que en cualquier momento cambian las tornas y la vida puede volverse un escenario desconocido por el que habitar, ambular, estar y en el mejor de los casos, otra vez resurgir. El origen de tal radical mutación vital a veces estaba en una política que olvidaba la justicia social, otras en la pérdida de un afecto que prometía llegar hasta el infinito y mas allá y en ocasiones  en la enfermedad, tejedora de soledades con los hilos del dolor.
Angustias también sabía que en el vaivén de la vida, a veces vivimos en el tener y otras moramos en el no tener; pero que, aunque tendamos a olvidarlo, lo que se mantenía siempre era el ser; por eso admiraba a las personas que, solidarias, cuando pululaban por el reino de la suma, eran capaces de multiplicar complicidad con los que sufrían las resta de  oportunidades y la división de posibilidades a la hora de cubrirse con el manto de la dignidad. Por eso la imagen de las figuras femeninas enlazadas con las cuerdas del buen sentir le acompañó en aquella tarde de vigorosa energía eólica. Y por eso lo cuenta. Buena semana.



domingo, 12 de octubre de 2014

Y YA SE SABE QUE LO QUE SE OLVIDA … SE REPITE

    
Angustias pasaba las páginas de un libro cuyo título “Arte de la A a la Z” anunciaba la presentación de los mejores y mas famosos artistas del mundo. Era una obra de un valor entrañable pues había sido  regalo de un artista, con quien había compartido unos meses de trabajo y una relación de amistad.
Angustias leyó la dedicatoria que el estimado pintor  le escribiera en la primera página de la pietra enciclopedia y como siempre se  emocionó; no solo  por las frases hermosas sino por el hecho de que aquel ejemplar perteneciera a la biblioteca de su amigo, quien, generoso, se lo brindara como obsequio.  Ante tanta creatividad entre sus dedos, sintió el placer que trasciende el momento actual y transporta hacia el reino de la plenitud donde la única dimensión reconocida es la del sentir, ausente de espacio y tiempo.
Angustias desarrolló desde pequeña una especial sensibilidad hacia todo lo que otorgara la posibilidad de abrir un postigo de salida a la rutina gris o a la realidad en versión siniestra. Por eso amaba el arte. Simbolizaba para ella la divinidad, entendida como creación, de la que nacían universos complejos. En su Olimpo artístico tenía cabida cualquiera que se empeñase en construir, inventar un mundo mejor con los materiales de la imaginación. Cuando leía un texto y su corazón quedaba atenazado por la dolorosa belleza de sus imágenes, tal como ocurriera con Memoria de una isla sin memoria de Agustín Carlos Barruz, entendía que solo el arte nos salva de la mezquindad humana: aquella que lleva a la autodestrucción o al aniquilamiento del otro.
Angustias opinaba que el pugilato entre Eros y Tánatos (Vida y Muerte) era la letra reincidente encarcelada en las celdas de las canciones, cuadros, esculturas, edificios, novelas, poesía, estilismos; en definitiva, en el ardiente tálamo compartido de  placeres y  dolores.
Angustias contempló el cielo otoñal, masticó una castaña tempranera, sorbió un buche de mosto fresco y siguió contemplando el recuento estético, ordenado alfabéticamente., mientras  la radio transmitía cómo se hacía visible varios casos de una epidemia que hasta el momento se vestían con el ropaje  fantasmal de la trransparencia perversa, la invisibilidad,  al afectar solo al continente color ala de cuervo; también se actualizaba el número de víctimas civiles ( las otras ya no eran noticias, gajes del oficio) de contiendas lejanas cuyos orígenes se perdían en la pesadilla de los tiempos.; asimismo se cuestionaba el éxito de la reinserción social de los violadores, aportándose cifras y letras como argumentos válidos para sostener una duda razonable.
Angustias detuvo su mirada ante La corriente en el golfo de Homer Winslow y sintió como si estuviera inmersa, en férrea pugna, ocupando el espacio de la frágil barca, en ese mar embravecido y aturquesado, rodeada de tiburones hambrientos. Experimentó, como el autor del óleo, la lucha del hombre contra las fuerzas oscuras de la naturaleza.- Y contra las fuerzas tenebrosas humanas –se dijo. Las noticias continuaban en su retahíla desbrozando el agreste campo de la utilización fraudulenta de tarjetas de crédito por parte de cargos político.

Angustias se dijo que sin el arte que enuncia y denuncia nuestro tiempo quedaría sin memoria. Y ya se sabe que lo que se olvida ….. se repite. Buena semana.



domingo, 5 de octubre de 2014

EL ENTENDIMIENTO QUE ARDILA ANVERSO Y REVERSO, CONSENSO Y DISENSO, AYER Y MAÑANA EN UN LÚCIDO PRESENTE.

Angustias compraba en un mercado colorido y multicultural. El reclamo cromático de frutas, verduras, flores  la envolvía en un cálido manto entrañable. Era otoño pero la estación andaba extraviada y no había viso de que arribara en breve; por lo que aun era posible disfrutar del nutritivo calorcillo. Tras concluir el recorrido previsto, decidió tomar algo en uno de las pequeñas terrazas que bordeaban el lugar.
Angustias escuchó una sintonía  originada en un sencillo puesto donde discos de vinilo y  casetes convivían con otras criaturas  propias del antiguo régimen tecnológico. Era el reino de lo desfasado pero paradójicamente, también el de la nostalgia. Gestionaba el evocador negocio un DJ atemporal que combinaba canciones actuales con melodías de ayer y de siempre. En el momento en que Angustias disfrutaba de un vino tinto acompañado de aceitunas aliñadas, el aire reprodujo la poesía sonora de un grupo con nombre de calle maldita que había popularizado aquello de
“ ya nadie sabe ser feliz
 a costa del despojo
gracias  a ti y a tus ojos”
Angustias, embelesada, notó que la pierna derecha se le había dormido, debido a que, distraída, la había cruzado en una  singular posición. Pasaron unos minutos hasta que pudo recuperar su movilidad natural que bastaron para que Angustias reconociera la importancia que tiene el buen funcionamiento del cuerpo, de normal automático y anónimo. Y cómo , a veces, la inconsciencia que a veces acarrea el bienestar hace pasar desapercibida la grandeza del servicio que nos presta de forma tan discreta y humilde. Como ocurre con el trabajo bien hecho pero no reconocido.

Angustias masticó un trozo  de ajo adherido a una sabrosa aceituna, al tiempo que el tono del hilo musical variaba contando a ritmo de bachata la historia de dos amigas aventureras que iniciaban la ruta hacia Doñana y acababan en Itálica por la SE30. Ante la ligereza de los sonidos, Angustias sonrió. Una vez recuperado el dominio de la ahora en vigilia y a temperatura normal, extremidad inferior, recapacitó sobre la inmensa fortuna con la que contaba pues desconocía el frío paralizante de la hipotensión (física o emocional), cotidiana y siniestra realidad para millones de personas y que era  consecuencia directa del mal pensar, peor hacer y pésimo sentir de algunos de sus poderosos congéneres. También festejaba la posesión de otro tipo de calor, esta vez luminoso, que le proporcionaba entendimiento para ardilar anverso y reverso, consenso y disenso, ayer y mañana, en un lúcido presente. En estas estaba cuando llegó Marcelo y  la doble calidez fue compartida, envuelta, en esta ocasión, en exóticas notas allende los mares. Buena semana.


domingo, 28 de septiembre de 2014

EL MAS POTENTE DE LOS LÉXICOS: EL QUE SE ORIGINA EN EL CORAZÓN.

Angustias despegó la vista del libro gracias al cual se había trasladado, en la última hora, a la Italia en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Había quedado atrapada por la descripción ágil del paisaje físico y emocional de Rosa quien fue  abandonada recién nacida en un convento y con el paso de los años, ante su visible falta de vocación religiosa,  es contratada como institutriz en la inquietante mansión de los Scarfiotti. La protagonista de “Melodía en la Toscana” posee un don especial: ver el origen de las cosas, las animadas y las inanimadas.
Angustias , disfrutando de la historia ardilada por Belinda Alexandra, calibraba si el poder otorgado a la huérfana, realmente se podría catalogar como tal o como maldición. Mientras saboreaba un zumo de apio y manzana, ligeramente picón, pensaba que el umbral del sentir no corre parejo al del pensar. Aspiraba el aroma de la mezcla de fruta y verdura intentando describir con palabras precisas el proceso de plantación, cultivo, recogida y transformación de los productos alimenticios que derivaron en un saludable brebaje blanquecino con puntitos verdes; a continuación pasó a  imaginar las sensaciones de esa misma secuencia concluyendo que un abismo separaba ambos intentos. En cuanto a intensidad, la percepción era, claramente, la ganadora.
Angustias agradecía a las palabras que construyeran puentes hacia la cordura. Pero defendía que un olor, un sonido, un color, un sabor, un roce, podían crear un universo entero donde la voz solo atinara a diseñar un torpe boceto. Compartía que el ansia humana por antonomasia se asentaba en lograr sentir el comienzo de las cosas, la causa del presente, la anticipación del futuro a la que solo de forma esporádica se accede. Porque la fuerza de lo intenso habita, por definición, en lo efímero del mismo; y ahí reside parte de su valor que se complementa con las expresiones que extraemos de la caja de sastre que es el lenguaje para aproximarnos a ella; pero que si no estamos ojo avizor, convierte los sentimientos en un auténtico desastre.
Angustias adoraba sentir; también rendía pleitesía a la palabra; por eso aprendía a tejer impresiones con los hilos del mas potente de los léxicos: aquel que se origina en el corazón. Buena semana.


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domingo, 21 de septiembre de 2014

LA MÚSICA DE LA VIDA: HECHIZO DE PLACER Y ANTÍDOTO CONTRA EL DOLOR

Angustias dudaba entre dos fragancias pues ambas le resultaban atractivas si bien por razones diferentes. Una era fresca con un ligero matiz a lavanda; la otra derivaba hacia las costas de lo exótico, mezcla dulzona-picante con un tono ajazminado. Olía las tiras de papel a modo de probador así como el anverso de sus muñecas, prueba definitiva del efecto del elixir en su piel. Estaba en una farmacia que, como muchos otros establecimientos había diversificado su oferta de la que los medicamentos ocupaban solo la cuarta parte.
Angustias entretenida en el expositor de las esencias, situado junto al mostrador,  dejó espacio a un señor que, ojos enrojecidos semiabiertos, nariz pelada con restos de minúsculos cuerillos y voz que no estaba para cantar ópera, pedía un antigripal eficaz sin preferencia de marca alguna. Se imponía la diligencia ante la estética.
Angustias, envuelta en los bálsamos olorosos, cayó en la cuenta de que la época de los resfriados y gripes se había inagurado. Mientras sus retoños fueron pequeños, esta etapa del año suponía participar en el circuito de las visitas al centro médico, las noches sin dormir el agua caliente con eucalipto, la cebolla partida en la mesa de noche y los pañuelos que cedían su trono a los rollos de papel higiénico que rebosaban las papeleras con inusitada rapidez.
Angustias recordaba cómo en esos días la esperanza era un cielo azul estival, un sueño conciliado prolongadamente y la vuelta a la rutina donde comer no fuera una proeza y la fiebre fuera desterrada. Cuando se iniciaban los días del dolor y se imponía la visita al médico, en casa de Angustias se actualizaba la partitura que ayudaría a pasar el inevitable encuentro.
Angustias conoció a Serafín simultáneamente a la llegada de la enfermedad de su prole. Era el pediatra que se convirtió en un allegado de la familia. De pelo canoso, mostacho desparejo, andar encorvado y palabra seca, en un principio, apareció ante sus peques como el brujo malvado que ponía inyecciones hasta que el maléfico personaje trocó en aliado. Ocurrió cuando Angustias y Luis (su primer marido) lograron unir melodía y palabras mágicas y compusieron una canción que sería el antídoto para jornadas en las que imperaban los cambios de paños húmedos en las frentes, la lucha para la toma de la medicación y el aguante de las perretas. Aún recordaba esos versos que decían así
Serafín, fin, fin
Serafín, fin, fin,
Me mira la garganta.
Serafín, fin, fin
Serafín, fin, fin,
La barriga y la espalda.
Y yo le digo
¡Serafín, ya está!
Angustias rememoraba la entrada  en el ambulatorio de su familia al estilo de la cinematográfica Von Trapp y evocaba el rostro del maduro galeno cuando sus hijos le dedicaron su actuación en directo en la consulta sanitaria: la mueca que no pudo ocultar la sonrisa satisfecha y el brillo de los ojos azulados que se abrió paso entre las pobladas cejas grises. A partir de ahí Serafín dejó de ser demonio y pasó a convertirse en un ser mas acorde con su nombre.

Angustias volviendo a sus perfumes deseó que su vecino de mostrador encontrara la nana que le acunara en las siguientes horas con un reparador sueño. Ella optó por el efluvio contradictorio, el ácido azucarado, que esa noche flotaría en el aire del dormitorio en el que junto a Marcelo interpretaría su música preferida: la de una banda sonora húmeda y jadeante. Buena semana.

domingo, 14 de septiembre de 2014

MI DESEO, EN VERDAD, NO ES EL DE DESCUBRIR NOVEDADES

Angustias escuchó el informativo radiofónico que presentaba la campaña para el uso correcto del cinturón de seguridad en el tráfico rodado. Se explicaba que se haría controles intensivos a fin de concienciar a los usuarios del automóvil de las ventajas que suponía la utilización de la especial correa de sujeción. Se cifraba la de vidas que se salvarían en caso de siniestro, no solo en los asientos delanteros sino, principalmente, en los traseros.
Angustias era muy estricta en materia de seguridad automovilística y se negaba a iniciar la marcha hasta verificar que las bandas de retención se encontraban en la ubicación adecuada. Con el aumento de la flota móvil era una rutina que consideraba mas que justificaba y se alegraba de que la humanidad hubiera progresado, en cuanto a los desplazamientos se refiere, en velocidad tanto como en protección.
Angustias estaba familiarizada, desde pequeña, con el transporte que la acercaba a la escuela tras una hora de viaje. Don Miguel era el chofer que formaría parte del paisaje humano de su mas tierna infancia. Este hombre de campo, venido a la ciudad en busca de un porvenir venturoso conducía, primero un micro y después una guagua, conocida popularmente como La Cafetera por el ruido estridente con el que despertaba, durante el curso escolar, a los habitante del barrio de la zona alta de la ciudad.
Angustias recordaba cómo se optimizaba el espacio en aquel carricoche y especialmente le producía estupor la visión de los mas pequeños sentados en la parte superior del portabultos, sobre una alfombrilla, con la mirada en la luna trasera que, a contracorriente, recorría la ciudad; no había pretina, cincha ni siquiera un endeble andamiaje protector en el trayecto donde curvas y baches encontraban el eco gestual en las sacudidas sonoras  de los peques. Lo curioso es que no recordaba ningún percance (propio o ajeno) digno de mención  durante el tiempo que duró su estancia en tal oscilante dependencia. El bueno de don Miguel trocó el micro por guagua en el plazo de dos años y cada ocupante pudo por fin hacer coincidir la dirección del trayecto con la posición de los, ora adormecidos, ora inquietos, cuerpos infantiles.
Angustias pensaba en aquella época en la que se metía en cintura a todo aquel que obstaculizara el desarrollo ordenado de lo que los regidores del país tenían a bien dictar. Pero como aprendió con el devenir del tiempo, no existe faja que sujete con éxito total el variopinto hacer humano que hace crecer brotes creativos a impulsos de la necesidad.
Angustias evocaba la forma de motivación ideada por su familia para que fuera al colegio conforme y alegre, cuando aun reinaba la noche. La fórmula consistía en componer una canción donde letra y música neutralizaban el rechazo, en este caso, al extraño comienzo de la jornada escolar. Esta tradición cantautora fue transmitida por Angustias a su prole cuando el miedo y el dolor dibujaban una situación ante la que había que ardilar una respuesta sanadora. Eran versos libres o pareados que compusieron una particular banda sonora como ritual de transición hacia una nueva etapa de crecimiento: la caída de un diente, el fin de la chupa, el comienzo del cole, la visita al médico….

Angustias veía lo que le rodeaba y se sentía atraída irremediablemente por lo cotidiano; entendía que en ello residía lo valioso del vivir. Por esto sintió una profunda emoción al leer a Kierkegaard, autor danés considerado el padre del existencialismo, que afirmaba “Mi deseo, en verdad, no es el descubrir novedades; al revés, mi mejor alegría y ocupación favorita siempre será la de meditar sobre aquellas cosas que parecen completamente sencillas”. Buena semana.

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL TRUCO ES QUERERSE Y PARA QUERERSE HAY QUE APRENDER A CUIDARSE, POR DENTRO Y POR FUERA.

Angustias se ajustaba el gorro de piscina cuyo diseño le trasladaba a un balneario de mitad del siglo pasado. La prenda, de marcado estilo vintage, le atrajo desde que entró en la tienda de deportes a fin de renovar su indumentaria natatoria; por lo que la lucía con gracia y desparpajo. Desde hacía mas de una década, asistía puntualmente al menos dos veces por semana al complejo deportivo, donde en consonancia con la variación de estación y horario, nadaba cuarenta y cinco minutos. Era una de sus queridas rutinas en la que coincidía con otras personas que, a fuerza de compartir calles y corcheras, habían pasado a formar parte de su habitual paisaje acuático; al igual que perlas de lenta gestación, aquellos seres se iniciaban con parsimonia en el reconfortante arte del diálogo, cada cincuenta metros.
Angustias, envuelta en agua y cloro, participaba en las micro tertulias cuyo repertorio temático abarcaba la salud (propia y ajena), los avatares familiares, el clima (con sus variaciones extremas) los sucesos cotidianos (locales y foráneos), el calendario de impuestos así como las últimas disposiciones de los gestores de la política (municipales, nacionales e internacionales).
Angustias  sentía admiración especialmente por los usuarios de la tercera edad que con cada brazada, fortalecían su cuerpo y con cada retazo de conversación, tonificaban su mente. Se congratulaba del progreso que en 20 años había observado en el perfil de sus colegas de entrenamiento. Afortunadamente, era cada vez mas un lugar común  que el cuidado (físico y emocional) se entendiera como responsabilidad propia, la prioritaria que habría que aprender a regular toda persona que se preciase de ejercer como tal. Por eso se deleitaba, especialmente,  ante la visión de esos cuerpos maduros, sabios por el tiempo vivido, flexibles por la disciplina del ejercicio y activos por el adiestramiento en la experimentación de la vida como vivencia y no mera supervivencia.
Angustias sabía que en el punto de partida para este vivir adulto y pleno estaba el compromiso y la decisión. A partir de ese momento, las acciones se encadenarían, como las cuentas de un collar hasta devenir en una joya única; para Angustias esa presea de oro era la autoconstrucción de la felicidad, tal como recordaba haber leído en La vida después,  donde se explicitaba que la felicidad también era una cuestión de voluntad, de perseverancia, contando con la capacidad de olvidar como ingrediente estrella. La escritora, Marta Rivero de la Cruz, en su novela sobre la amistad y otras formas de amar, cuya protagonista tenía nombre de triunfo, afirmaba, asimismo, que la felicidad era un derecho y una obligación con la que se nace.
Angustias nadaba contemplando las gotas de agua que  la luz de los focos, nocturnos e invernales, convertía en  una estela brillante, pareja a  sus brazos, giratorios como aspas de molinos mientras su cuerpo, boca arriba, avanzaba a fuerza de patadas. Al salir del recinto deportivo, doblemente desahogada, se sentía feliz, pisando con firmeza la tierra que la sostenía; fluyendo, como el agua por la que recién se deslizara; inspirando el aire que le hacía volar hasta lo imposible y mas allá; y sobre todo, apasionada, con el fuego que logra encender lo muerto.

Angustias sabía cómo era posible convertir en milagro el barro. El truco era quererse; y para quererse lo primero que hay que hacer es cuidarse por dentro y por fuera. Buena semana.