domingo, 20 de septiembre de 2015

EL TRES EN UNO QUE NO ES UN TRES POR UNO

Eustaquia llegó al aula en la que treinta pares de ojitos, a punto de salirse de sus órbitas, la miraban expectante.
Se presentó con el nombre de Eusti y se ofreció al acompañamiento en el viaje académico que aquellos rostros infantiles acababan de iniciar.
Con la complicidad del tutor del grupo, Eusti se despachó a gusto, orgullosa de contagiar la seguridad que – ella entendía- necesitaban los recién iniciados en la Enseñanza Secundaria. Les habló de esto y de aquello, encantada consigo misma de lo bien que lo hacía. Y a base de ejemplos que se envolvían en un silencio salpicado de risas espontáneas, explicaba lo que se entiende que es la madurez. Decía Eusti que de grandes, nuestros miedos  (en la mayoría de las veces) son fantasmas que tienen pesadas cadenas a las que aplicamos de vez en vez 3 en 1 para que no hagan ruido. Por eso- continuaba- aunque las personas mayores tenemos miedos, vivimos con ellos en una coexistencia pacífica que nos permite disfrutar de la vida y continuar creciendo.
Era la tercera vez , a lo largo de la mañana, que Eusti hacía esta presentación. Y se sentía plena.
Pero fue el caso que en medio de su discurso se le ocurrió preguntar al auditorio de infantes si sabían qué era 3 en 1 y como respuesta encontró un coro de voces que se expresaban a destiempo en una oleada de murmullos, hasta que sobresalió una rotunda que afirmó “Son las ofertas del supermercado”. Y otra respondió “ Es lo de algunos champús”. A lo que otra voz rectificó “Qué va, eso es 2 en 1”.
Eusti enderezó el entuerto previa humilde carcajada y tras salir del aula se dijo que no es lo mismo saber que saber comunicar .Y que en cada acto comunicativo, en el fondo, somos punto de partida y llegada. Tal vez habrá que escuchar el doble de lo que se habla, preguntar en vez de responder y estar atenta a la mirada que nos oye para que también aprendamos a escuchar. Buena semana.








domingo, 13 de septiembre de 2015

AL CALOR DE LA LLUVIA CRECEN TANTO LA BUENA COMO LA MALA HIERBA

Gervasia se plantó frente al pequeño huerto pertrechada con tijeras de podar, pala, rastrillo, bolsas y otros atarecos. Dispuesta a habitar el terreno familiar en las próximas dos horas  iba vestida con la ropa que facilitara la posición cuerpo a tierra. Y en realidad,  algo tenía de trinchera aquel espacio rectangular patrimonio de su estirpe pues allí no quedaba otra que, en cuclillas o  boca abajo, contactar directamente con el suelo y tragar el polvo.
Gervasia regresaba de unas cortas vacaciones en un paraje del interior donde el término medio había sido exiliado: cuando hacía frío, tocaba abrigarse hasta la coronilla. Cuando hacía calor, cada inspiración era lava candente que con la espiración trocaba en brasas ardientes. En su lugar de residencia, ahora, era otoño pero Gervasia disfrutaba de una primavera interior de cuyo mantenimiento se ocupaba con gozo.
Llevaba lloviendo varios días en modo  chispi chispi cuando Gervasia hundió sus botas en una foundé terrosa que recubría semillas, hojas y pequeños bichillos con una masa canela y compacta.
Gervasia revisó amorosamente el estado de ramas, hojas, troncos y raíces y tras esta concienzuda ITV se dispuso a recorrer y, si era menester, sanar el entorno de cada vegetal.
Gervasia  pensaba que a la llamada de la vida hecha agua , no solo crecía lo plantado desde la consciencia sino todo aquel hierbajo que al encontrar espacio y lugar, colonizaba mundos ajenos, adornando aunque fuera efímeramente, pues lo que no se cultiva, no da frutos.
Gervasia se dijo que tendría que emplearse a fondo para discernir qué dejar y qué arrancar en aquel lugar donde la vida se desplegaba en toda su paradoja. Y a ella le tocaba desempeñar el noble oficio de jardinería. Así que no quedaba otra que, con atención, sumergirse en el fango. Buena semana.






domingo, 6 de septiembre de 2015

MANOS FORNIDAS, SÓLIDA BARANDILLA Y BRAZOS SOLIDARIOS

Nazaria subía lentamente los peldaños de la escalera apoyada en el barandal y en Camila, la persona que la cuidaba desde hacía años.
Tenía Nazaria las piernas hinchadas por la retención de líquidos, aunque ella era abstemia; cada paso que daba era una medalla de oro pues los doce escalones que la separaban del dormitorio necesitaban de un cuarto de hora para ser recorridos.
Nazaria tenía fuertes manos con las que asirse a un sólido pasamanos y además le acompañaban unos brazos solidarios que le hacían habitar en la confianza mas genuina.
Nazaria, ya en su cama, recuerda las noticias del día entre las que se fija en su mente la imagen de una marea humana huyendo de la guerra que jalona las fronteras de la paz. Paradójicamente son  los afortunados porque miles quedaron en el camino o en el mar.
Nazaria se acurruca, arropada por unas sábanas de franela que calientan su corazón. Piensa en las personas que, como ella, dependen de otra para vivir. No en sentido metafórico sino literal. Y vuelve a visionar, como si de una película de terror se tratara, la mirada inerte de quienes no tienen unas manos fornidas, un suelo que pisar, una baranda que abrazar o unos brazos que hablan el idioma del amor.

Piensa que aunque  esta puede ser su última noche , sería una despedida envuelta en el sudario de la dignidad. Se siente tristemente privilegiada en un mundo en el que millones de seres forman una amalgama difusa, sin rostro, sin voz, sin cuerpo y  que solo pretende ejercer el derecho de vivir en paz. Buena semana





domingo, 30 de agosto de 2015

EL CORAZÓN EN LA PARED DE LA DUCHA

Isolda entró en los vestuarios femeninos dejando una estela de pequeñas gotas de agua .Había nadado el tiempo previsto y sentía esa euforia que hace disfrutar de  la ligereza que no da margarina light  alguna por mucho que se apropie de tal título. Se dirigió a la ducha con las chanclas puestas para quitarse el cloro de la piscina. Prefería bañarse en casa donde su baño no tenía nada que envidiar al de Cleopatra: geles, champús, cremas y aceites atrapaban al que se aventuraba por esa estancia de líquido placer. Y a ella le encantaba ese encierro.
Isolda se disponía a abrir el grifo cuando se percató de un cabello largo y negro que adherido a la pared ponía una nota, digamos cutre al momento. Así que una vez que empezó a correr el agua, impulsada por la repugnancia a la suciedad desvío la trayectoria del elemento que, generoso caía en torrente sobre el cabello desubicado. Se movió este sinuoso adoptando requiebros hasta que fijo su forma en la de la silueta de un corazón que quedaba justo a la altura del pecho de  Isolda.
¡Qué mágico momento!- pensó Isolda que dejando a un lado su fundamentalismo higienista, envolvió su cuerpo con el agua fresca que barría todo resto del  potente desinfectante,  en compañía del bien perfilado corazón al que solo le faltaba latir.

Solo después de salir del recinto deportivo, cayó en la cuenta de que hubiera podido sacar una foto a tan peculiar imagen; pasaron solo breves segundos para que se dijera que no era necesaria instantánea  alguna para recordar que la magia de la vida, si utiliza el amor como antiséptico troca cualquier desecho, por asqueroso que nos resulte, en la mas bella estampa. Y desde entonces practica este reciclaje. Buena semana.


domingo, 23 de agosto de 2015

SE ELEVABA EL SONIDO POR ENCIMA DE ……

Sonaba Guantanamera en la cafetería de aquel parque amplio aunque acogedor de público variopinto.
Se elevaba el sonido por encima de los gritos infantiles, reclamando la atenta presencia de sus familiares, para que fueran testigos de sus proezas en el tobogán.
Se elevaba el sonido por encima de los chillidos que escoltaban a cada uno de los pedazos de pan, lanzados por manos infantiles y adultas, al lago donde patos, peces y tortugas pugnaban por hacerse con las migas del tesoro.
Se elevaba el sonido por encima de los pensamientos de quienes paseando o en quietud se interrogaban por el sentido de la vida, huidizo como la nieve que se deshace al asirla dejando helados los corazones.
Se elevaba el sonido por encima de los brindis de un grupo de amigos que celebraban no recordaban qué, pues la cita que les convocaba cada domingo extravió su origen en el transitar de las semanas que de pronto fueron años.
Se elevaba el sonido por encima de la intensidad con la que dos pares de ojos se encontraban, anticipando el placer con el que cerrarían el día.
Se elevaba el sonido por encima de los sueños que se despertaban en quienes reposaban sobre una ligera manta, en horizontal contacto con el césped,  cuidado, suave y del color de la esperanza.
Se elevaba el sonido hacia el cielo celeste con alguna hilacha blanquecina que despedía la tarde.
El aire se hacía a un lado, gustoso, para dejar espacio a la melodía brasileña que endulzaba el final de la semana en aquel parque amplio aunque acogedor de público variopinto. Buena semana.







domingo, 16 de agosto de 2015

LA HORA DIARIA DE MIRARSE MIRAR

Don Casimiro paró delante de la terraza dudando si hacer un alto en su paseo, saborear un cortado oscuro y asomarse al mundo mientras leía el periódico local. La  cultivada inercia le hizo escoger una mesa esquinada que le permitía una visión privilegiada del paseo marítimo.
Sorbo a sorbo, lentamente, sentía el negro aroma aposentarse en su boca y con la fragancia llegaba el placer.
Es nuestro hombre un señor de unos sesenta años que tras muchos tumbos, habitando numerosos lugares, recaló en el pueblo costero por el que a diario dejaba su estela como si de un caracol diletante se tratara. Una hora diaria había sido suprimida de su horario y la empleaba en pasear y contemplar la vida; cada día, pues, constaba para él de veintitrés horas; con los sesenta minutos desaparecidos construía don Casimiro un espacio de consciencia en el que la única consigna era el no juicio.
Empezó con esta práctica siete años atrás en una ciudad norteña en la que la humedad asfixiaba en vez de refrescar, cinco de los doce meses del año. Don Casimiro había sido contratado como comercial en una multinacional y dado su falta de arraigo era el candidato perfecto para rotar según las necesidades de la empresa. Así había recorrido gran parte de la geografía continental hasta que arribara a aquella tierra hecha de sol y viento. Una tarde extrañamente tormentosa de verano, fenómeno achacable al cambio climático le dio por pensar que la repetición mas o menos constante de sucesos unida a la necesidad de orden del ser humano daba como resultado la creación de la llamada normalidad. Pasado un tiempo, olvidada este ejercicio de creación divina, la explicación certera pasaba a ser reflejo de lo acontecido olvidándose que de ser espejo de algo, lo sería del ardilar humano. Y le dio por continuar en su investigar, en los instantes de la tempestad estival, que sería mas lógico, a la hora de preguntar la edad, asociar la respuesta con los años probables de vida mas que con lo yas vivido. No era una idea estrictamente suya  pues su amiga Luisa  se la había sugerido en una de las muchas charlas que compartían regularmente.

Este planteamiento fue el que le hizo enfocar su mirada hacia la tierra que podía arar mas que hacia las pasadas cosechas, abundantes o escasa, pero en cualquier caso ya enterradas en el abismo temporal. Por esto, cada día se reservaba una hora de sus estimados veinticinco años por vivir. Este había sido su hallazgo mas valioso. Por esto cada día, don Casimiro, una hora, cada día se dedica simplemente a mirarse mirar la vida. Buena semana.

domingo, 9 de agosto de 2015

TORMENTA DE ARENA

Cayó una tormenta de tierra en pleno verano; desde la visión panorámica del satélite, se observaba cómo la masa compacta se apoderaba del espacio a modo de un polvoriento telón que se adueña del escenario, tras concluir la representación.
El aire sudaba un calor desconocido por aquellas latitudes; la población sentía que su piel se cubría por otra, pegajosa y transparente que la sumía en una lenta opresión.
Para quien debía trabajar, aquella sensación era un añadido a la condena laboral; para los que no tenían trabajo, el agobio que se respiraba con el aire, retroalimentaba el desaliento; pues a la inactividad forzosa se le sumaba el malestar que nacía de las entrañas físicas y metafísicas; para los que estaban de vacaciones, la ausencia del cielo azul y el mar en calma constituían el pliego de descargo para la reclamación vital a la que se consideraban con derecho tras un año de duro y precario laborar. Y así pasaron los días de tormenta de arena en aquel pueblo que no podía  hacer nada, no entendía qué pasaba y no daba valor a lo que vivía.
La Naturaleza, sin embargo, se adaptaba a aquella situación y tanto plantas como animales aprovecharon esos días de polvo violento en suspensión para mirarse hacia adentro, recorrer los vericuetos internos del sentir y descansar de la rutina cotidiana. Instalados en un traslúcido presente continuo, miraban, respiraban, traspasaban y finalmente soltaban. Y a su tiempo, después de la tormenta, llegó la calma. Buena semana.